Un Proyecto pionero en Mendoza
El Club Ciudad Oeste


En Mendoza, con Ciudad Oeste, y en la villa La Cava, con la Fundación D.A.D., cientos de chicos y jóvenes encuentran en el juego y el acercamiento mutuo un medio para abandonar la marginación y elegir un camino de desarrollo

Todos, alguna vez, nos hemos entregado al disfrute de hacer deporte: el juego compartido nos da el inigualable placer de lo lúdico y un estímulo vital para nuestro cuerpo. Pero el deporte puede canalizar propósitos más edificantes y generosos que los personales si hay quienes saben y quieren utilizarlo. En la niñez y en la juventud no hay actividad que nos iguale y nos acerque con tanta potencia. Entre nosotros, el ojo y la voluntad se pusieron en la tarea de integrar socialmente a quienes la marginación y la pobreza les cierran posibilidades, con el deporte como vehículo de acercamiento.

Toda idea tiene más sentido cuando se expresa en nombres propios. En Mendoza existe un proyecto pionero: desde hace una década, el Club Ciudad Oeste les tiende una mano a más de 400 chicos y jóvenes de barrios necesitados y los conduce hacia un futuro que la humildad extrema les vedaba. Su predio, en el barrio La Favorita, tiene canchas de rugby, hockey y fútbol. "Los pibes del barrio son los voluntarios y, a la vez, los beneficiarios. ¿Qué hacen? Todo. Desde cocinar, limpiar la cancha, los baños... Y lo hacen porque, si no, no comerían 400 pibes todos los días, no habría dónde jugar ni una panadería con una escuela de cocina, como tenemos... ".

Entusiasmado pero con el tono propio de quien habla de algo rutinario, el autor de esa descripción es Juan Pablo di Benedetto. El "Colorado", como todo el mundo conoce al fundador de Ciudad Oeste, es realista: sabe que los chicos llegan allí con hambre, desde una realidad dura de padres sin empleo y casas precarias. Explica que todo se sostiene con donaciones particulares y de empresas, de "gente que quiere ayudar y como ve que las cosas funcionan, lo sigue haciendo". Todo lo que se consume lo elaboran los pibes: fideos, facturas... Hay, incluso, una huertita para las verduras frescas de todos los días.

Como en toda comunidad, también hay reglas. El pibe que quiera hacer deporte debe ir al menos un par de horas por semana para dar una mano en alguna tarea. "Si no, esto sería un club de fútbol más", comenta Juan Pablo. El crecimiento llevó a poner en funcionamiento un colectivo propio para pasar a buscar a chicos de barrios más alejados. La actividad comienza a las seis y media de la tarde y termina a medianoche, y los pibes cenan allí de lunes a viernes y almuerzan los fines de semana. "Son chicos que hasta hace un tiempo pensaban que no servían para nada, porque la sociedad los margina. Pero el deporte tiene un valor educativo que los transforma cada a día: esforzarte y trabajar en equipo es algo que podés trasladar a tu vida cotidiana".

Con Ciudad Oeste como espejo, hace ya cuatro años nació otra iniciativa parecida. Pablo es un joven de 20 años que nació y se crió en la villa La Cava, en San Isidro, un asentamiento precario que desconocía otro camino que no fuera el de las postergaciones. Estudia enfermería, y esa inquietud, junto con su inclinación a ayudar, lo habilitaron para convertirse en uno de los voluntarios del proyecto que impulsa la Fundación D.A.D. -Desarrollo a través del Deporte-, algo que le cambió la vida. "Me invitaron el año pasado a conocer el grupo. Me apasiona ayudar a chicos de mi misma clase social". ¿De qué habla Pablo? El emprendimiento al que alude les acerca a chicos de ese barrio una opción que no conocían, también gracias al deporte.

"Y cuando alguien tiene opciones, elige la que lo hace mejorar", dice Melchor Villanueva, coordinador del programa. El escenario del punto de partida era complejo: el barrio más pobre enclavado en el más rico. El desafío, torcer la discriminación mutua hacia una integración que parecía utópica. La idea prendió con rapidez entre los chicos y chicas del barrio, con el acicate del deporte: fútbol, para los varones, y más tarde, hockey, para ellas. Por las tardes y hasta la noche, el primer hogar fue la plaza 12 de Octubre, pero el crecimiento lo trasladaron a un campo municipal, en Beccar. Aquí también el juego es una excusa; se persigue el real acercamiento de los jóvenes con un entorno que siempre había sido hostil. El estímulo hacia el estudio es central: del desinterés se pasó a una deserción escolar cero en los primeros grupos.

"La condición para quienes quieren trabajar como Pablo es que estudien. Así, son referentes de carne y hueso para los chicos, que ven encarnada en alguien de su ámbito la chance de progresar", dice Melchor. Un dato para ilustrar cómo la actitud de estos chicos cambió su entorno. Los varones competían en la liga de fútbol de Vicente López con equipos de un estrato social mucho más pudiente. El recelo era marcado, pero todo empezó a cambiar de a poco. "La conducta de los chicos del barrio fue tal que, cuando terminó el torneo, espontáneamente instituyeron el premio a la actitud, y lo ganaron nuestros chicos", agrega Melchor. Ciudad Oeste y La Cava comparten el patrocinio de la Fundación Laureus Sport for God, presidida en la Argentina por Hugo Porta y que apoya programas de este tipo. Y el hilo invisible que las une es la más genuina y entrañable voluntad solidaria.

Por Andrés Prestileo
De la Redacción de LA NACION